viernes, 16 de marzo de 2007

4. La pasión por cantar: la Tuna, la Ronda y los Amigos.

Mientras tanto, en la Tuna Barroca de la Ciudad de México, las relaciones interpersonales no iban muy bien, particularmente entre los dos singulares Personajes que se disputaban tanto el Liderazgo del Grupo como a la misma novia, (que por cierto, terminó casándose con otro más de los Integrantes de la Tuna! Claramente, nadie sabe para quien trabaja...): entre el carismático y ególatra Solista, y el Director, el Hombre que “nunca-se-equivoca”, surgió una pugna difícil de resolver… que sólo terminó cuando el primero decidió salirse de la Tuna, y formar su propio Grupo, invitando a los integrantes que quisieran seguirle, así como a algunos otros amigos en común de todos nosotros (alguno de ellos reclutado, casi de manera escatológica, mientras cantaba en un baño público)... Este nuevo Grupo, llamado La Ronda, integró un Repertorio de Música Española (música de tipo Estudiantina), conjuntamente con canciones Latinoamericanas… y arregladas para 3, 4 y a veces cinco voces (por desgracia, no siempre todas en el mismo tono…), pero siempre dispuestas a procurar el lucimiento, ante todo, del director-solista (funciones éstas ahora integradas, por aquello de economizar, todas en una sola persona...).

¿Y dónde quedé yo? Por supuesto, en los 2 grupos!! Y mientras en la Tuna seguía yo tocando el Contrabajo, y cantando la voz de Bajo, (bajito, desde chiquito, eh?), en la Ronda hacía los arreglos de las cuerdas (bandurria, mandolina y laúd), teniendo serios connatos de conflicto con Mario Pliego, el Acordeonista, quien con un simple abrir del fuelle de su instrumento, nos convertía en objetos de ornato en el escenario. El curso de la vida siguió, y la Tuna finalmente, un año después, cerró su ciclo, sin negarme el regalo de más amigos, que a la fecha conservo, y que he compartido, en la medida de mis posibilidades, con ustedes: Héctor Chuliá, quien amablemente nos ha prestado, durante el tiempo que lo hemos necesitado, un Salón de Juntas (acondicionado como salón de Ensayos) en la colonia Tlacopac, en San Angel Inn (¿recuerdan?), y Pancho Sánchez-Armas, quien nos ha acompañado con el contrabajo y su gentileza en la canción “Mi Ciudad”…

Al tiempo que participaba en la Ronda, en mis tiempos libres (estaba yo iniciando la Carrera de Médico Cirujano), fungía como Asistente de Dirección en la Trova del Colegio Francés del Pedregal, donde trabajé durante 4 años, siendo el Director Javier Díaz (aquel carismático y ególatra Solista, del que ya les había mencionado algo, y que también nos dirigía en la Ronda, grupo que, por otra parte, en ese entonces podía haber sido llamado el Combo Musical de Javier y sus Comparsas)… y creo importantísimo mencionarles todo esto, ya que, en la Trova, además de ir haciendo mis pininos en cuanto a Arreglos y Dirección se refieren, conocí a Leonora Sisto, mi compañera desde hace ya 9 años (… en ese entonces, Ella tenía doce…! y seguro que yo era un poco más joven también…).


(Paréntesis para Fe de erratas al párrafo anterior: en donde dice “en mis tiempos libres (estaba yo iniciando la Carrera de Médico Cirujano)”, debe decir: “en mis tiempos libres estaba yo iniciando la Carrera de Médico Cirujano”.)

Con la Ronda, tuvimos experiencias musicales variadísimas, algunas memorables, pero no todas ellas dignificantes: como a Javier se le metió en la cabeza la idea (más bien, la obsesión) de grabar un disco, pero no contábamos con un patrocinador, durante cerca de dos años, nos consiguió un sinnúmero de Presentaciones (“huesitos”) en los que cobrábamos alguna cantidad de dinero, que se iba al Fondo Común de Ahorro para la Grabación del susodicho Disco; estos “huesitos” oscilaron entre los límites de lo inverosímil a lo francamente indigno: desde que, en alguna ocasión, fuimos el número musical después del Acto del Elefante de un Circo en la Arena México (¡de verdad!), hasta cantar entre la estantería de los departamentos de Vinos y Licores, Abarrotes y Jarciería de la “Comercial Mexicana” para amenizarles las compras a los clientes … Para cuando salió nuestro ansiado (y muy trabajado) disco, el resultado no fue, con mucho, el que esperábamos: la mezcla final y la ecualización de sonido (el “transfer”) fue llevado a cabo por Javier, el Director (¿había mencionado ya que su espíritu ególatra era sólo comparable con su delirio de grandeza?), y por supuesto, el disco sonaba exacta, y casi exclusivamente, a él (… y al fondo, muy al fondo, si ponías atención, podías por momentos escuchar a sus comparsas, a los que, por lo menos, generosamente nos permitió aparecer con él, no tan borrosos, en la foto de la portada).

Después de 2 años, Javier decidió separarse de la Ronda, debido a que, después del resultado del disco, sus “comparsas” cada vez lo éramos menos, y nos oponíamos con mayor firmeza a sus sugerencias, incluídas las estrictamente musicales… y al dejar el Grupo, de seguro se preguntarán quién quedaba como el Candidato ideal para seguir con la Dirección Musical… pero como no quiero quedarme con la duda de si se preguntaron o no, de una vez les digo: me quedé Yo como el Director Musical de estos Amigos, que, ahora sí, se comenzaban a escuchar, ciertamente y por primera vez, como un Grupo, como un Ensamble equilibrado y nivelado entre las voces que lo componían, y con un nivel casi ideal de funcionalidad de cada uno de nosotros. Esta funcionalidad permitía que la Amistad que nos unía, se extendiera desbordada hacia fuera del Grupo estrictamente musical: cada Presentación casi siempre era una Celebración, junto con los amigos (y amigas, muy importante!) que nos seguían a donde cantáramos (y adonde festejásemos). Con la oportunidad de dirigir a la Ronda, llegó también la de practicar mis primeros arreglos que fueron, por supuesto, basados en canciones que interpretaban Los Cuatro Cuartos, y no eran ni siquiera escritos: me ponía a escuchar la canción que pretendíamos montar, e iba “sacando” en el piano las líneas melódicas de las diferentes cuerdas (...el momento aquel de no poder distinguir 2 voces había sido definitivamente superado!), y las iba cantando a los integrantes, mientras que ellos se la iban aprendiendo… simplemente así, sin partituras, sin solfeo, sólo entusiasmo, memoria y mucho corazón …
La mejor herencia que la Ronda me dejó por una parte, una vez más fue el regalo de mis Amigos: algunos situados más en la circunstancia (por lo que fue como un legado que se dilapidó rápidamente), como Carlos Blando, Vicente Olguín o el mismo Javier Díaz; y los más colocados en la esencia: mi Hermano Carlos, que cantaba nuevamente con nosotros (nunca fue requerido en la Tuna Barroca), Alfonso Sánchez-Saloma, en ese entonces apenas digno de una Princesa (a quien recuerdan como el 2° guitarrista en “Mi Ciudad”), Miguel de Erice (a quien han escuchado en el CD que recién grabamos), Omar Téllez, que vive en Monterrey, y a quien todavía puedo ver un par de veces al año, cuando viaja a México… y otros más, como Miguel Tomasena, con quienes no he perdido del todo el contacto; y por otra, los gratísimos recuerdos de nuestra Gira a Guanajuato, al Teatro Juárez y a callejonear, así como de un Recital Inolvidable, el de Despedida del Grupo (disuelto por acuerdo común) en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, el 10 de septiembre de 1977. ¡Quién iba a decirme que justamente 29 años después, en el mismo lugar, volvería a presentarme, ahora con nuestro Coro de Filosofía y Letras!

No hay comentarios: